Llegamos al anochecer a Riomanzanas. En el unico bar del pueblo ya nos dijeron que al siguiente día no abrirían. No teníamos casi nada para desayunar pero salimos al paso con un cafe de hornillo y poco más. Nos entretuvimos buscando grillos mientras las tiendas de campaña se secaban y luego nos entretuvimos de nuevo contando esta vez hormigas mientras se calentaba el agua del cafe. Luego nos entretuvimos buscando moscas paticortas y un poco más tarde nos entretuvimos buscando al gamusino que anda hacia atrás. Y cuando ya no sabíamos como entretenernos decidimos que ya iba siendo hora de pedalear un poco.
A los pocos kilómetros de salir de Riomanzanas (Zamora) entramos en territorio portugués. Pienso en lo estupidas que son las fronteras e imagino el mismo lugar hace cuarenta años: un puesto de la benemérita en un lado y un compañero portugués en su lado.
Al rato entramos en Guadramil. No vemos casi gente. Tan solo tres o cuatro vecinos. Uno de ellos se acerca y ante nuestro interés nos muestra un edificio que alberga una prensa de vino comunal. La aldea tiene unas casas balconadas a las que sacamos fotos. Muy cerca ya de la salida hay una virgen y junto a ella un artista ha decidido plantar flores en un montón de inodoros de distintos colores.
A Rio Onor llegamos por curiosidad. Nos hablaron de este sitio durante la ruta y decidimos dejarnos llevar por nuestras sensaciones. A un lado se encuentra Portugal y al otro España aunque cualquiera que se de un paseo por la zona se dará cuenta de la estupidez de decir «esto es esto» y «esto es esto otro». Allí nos marcamos una parada de esas que se podría tildar de «casi antológica». Digo casi porque si después de la comida nos llegamos a dar un chapuzón hubiera sido el acabose. Llegamos al pueblo cuando habíamos pedaleado unos 15 km. Rio Onor merece una visita con cierta tranquilidad. Conversamos con varios habitantes. Y todos en el lado portugués. Son gente mayor, como en la mayor parte de los pueblos de Salamanca, Zamora y Portugal que hemos ido atravesando. Se muestran tranquilos, amables y parece que les gusta que nos interesemos por sus vidas. A veces a uno le da ganas de mandar todo al carajo y salir de la ciudad pitando para pasar una temporada en uno de estos pueblos. Hay una bar que hace las veces de centro social. Me recuerda a un bar que se abrió en el pueblo de mi padre, Puras de Villafranca (Burgos) y en el que en la fachada se leía un cartel: Centro Cultural. El señor ya entrado en sus setenta años nos explica como funciona el local mientras nos pone una ronda de cervezas y alguna que otro cafe. Dios que bueno esta el cafe en Portugal. No sé la razón. Tal vez sea el cafe o las maquinas que utilizan pero me saben bien y siempre que se puede aprovecho para echarme uno al estomago.
Aprovechamos para recomendar el restaurante «O Trillo» en el lado portugués. A pesar del breve desayuno no teniamos hambre. Entre cerveza, refresco y alguna que otro paseo y alguna que otra charla con los paisanos (en el lado portugués había «vida» mientras que en el lado español casi no vimos a nadie) esperamos a que nos preparasen una fabulosa comida. La mujer que regentaba el restaurante nos pidió hora y media para preparar un plato de cuchara y algo de carne con papas fritas. Y la espera mereció la pena. Y mucho.
Después de la comida el cuerpo no estaba para cargar fardos. La verdad. Antes e salir del restaurante nos ofrecieron una botella de orujo. La dejaron por así decirlo completamente llena. Y no sé si entendimos que dejarla así era síntoma de falta de educación y decidimos sin darnos cuenta ser generosos y educados y fuimos vaciándola como si no hubiera un mañana. Algunos se fueron levantando de la mesa mientras otros seguimos dando muestras de generosidad. Y como tuvimos que salir del local que se nos ocurrió pedalear sin rechistar.
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